viernes, 23 de agosto de 2013

Cosmópolis

Corría. ¿Qué más iba a hacer la pobre? Si se le venía encima el peso de catorce pisos de apartamentos, con sus familias colombianas en la planta baja que pelean porque la conserje no limpia bien el patio, los árabes de mirada pesada dueños de la tienda de telas de la esquina en el trece, seis universitarios en el dos, las viejas solteronas chismeando en el once, tres familias con perros, dos familias con gatos, cinco con niños pequeños, la familia con los hijos adolescentes que llegaban a la hora que les daba la gana, el portero que hay que saludar, el buenos días en el ascensor, el conductor del autobús, el chamo de los audífonos skull candy en la ventana, el vendedor de chicles importados a cinco bolívares la promoción, el fiscal de taxis que la piropea durante todo el día, la haitiana que vende helados en la acera, que tiene cuatro hijos pero nadie los ha visto nunca ni saben qué edad tienen, la que vende jugos en el puesto de frutas que no abre los lunes porque acompaña al marido a la Victoria a comprar la mercancía en una camioneta vieja que anda gracias a las manos del tipo y nada más, la que vende empanadas en el restaurante malísimo, donde hacen comida pésima, y atienden pésimo, y siempre están buscando personal con experiencia, y hasta le dan ganas de entregar currículum y mentir para dejar de tener angustia cuando la cajera tarda diez minutos en pasarle la cuenta por la tarjeta ante una cola de veinte personas somnolientas y malhumoradas, con hambre y ostinación, todos los cuales van a entrar a alguna oficina de la zona, se van a sentar en un escritorio, van a sellar papeles, hacer llamadas y enviar correos, luego van a irse y al día siguiente van a volver y etcétera, etcétera, etcétera. Claro que corre, no hay cimientos para aguantar tanto peso, ni en ella ni en nadie, eventualmente se va a desplomar, tanto ruido es señal de que comienza a caerse, y no quiere estar cerca cuando suceda. Imágen:

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